sábado, 17 de diciembre de 2011

LA HISTORIA DE WILBO & ROSE (3)

Eran las seis y cuarto de la tarde cuando Rose salió de casa tras prometer a Karen, su madre, que estaría de vuelta antes del anochecer. Se colocó en la cabeza su gorra bombacha favorita, comprobó que su falda no estaba torcida y echó a andar hacia la plaza Szerelem. Mientras se dirigía allí, se encontró con su vecino y amigo Carlos, se detuvo a hablar con él unos minutos, prometió llamarle para acordar una salida con sus amigos en común y se despidieron. Carlos siempre le había atraído pero debido a que le gustaba a su amiga Raquel, nunca se había decidido a tocar ese aspecto con él.

Cuando llegó a la plaza eran casi las siete en punto. La plaza estaba algo concurrida ese día y fue mirando a todos los chicos con los que se cruzaba mientras avanzaba hacia el banco en el que había conocido a William y Beatriz. Algunos de esos chicos a los que miró la sonrieron al coincidir sus miradas pero ella apartaba la suya y seguía buscando al muchacho con el que se había citado allí la tarde anterior.

Estando a unos veinte metros del banco, miró hacia él y vio sentado en él a un chico de su edad, con el cabello moreno del cual dos flequillos caían a ambos lados de su frente hasta la altura de su boca, estaba echado hacia delante con los codos apoyados en sus rodillas y sus manos se tocaban por la yema de los dedos. Avanzó hacia él con paso decidido y este alzó hacia ella la mirada y sonrió. Aquella radiante media sonrisa suya hizo que su corazón comenzase a acelerarse y le sonrió hasta que llegó a su lado.

- Buenas. – dijo Wilbo poniéndose en pie.

- ¿Cuánto llevas aquí?

Él negó con la cabeza mientras aún la sonreía. Rose se preguntó cuánto tiempo llevaría allí sentado esperándola, no parecía disgustado en absoluto así que supuso que no haría mucho que la esperaba. Aún así, se prometió preguntárselo nuevamente cuando tuviese ocasión.

- ¿Nos sentamos o prefieres que vayamos a algún otro sitio? – preguntó Wilbo.

- Me gustaría ver unas botas que vi el otro día de pasada en una tienda del centro, aunque pensándolo mejor, quizás no sea buena idea, a los chicos no os gusta mucho ir a tiendas de ropa femenina.

- Te dije que no estaba bien generalizar. No seria la primera ni supongo la última vez que acompaño a una chica a una tienda de ropa. – hizo una pausa - Vamos.

Cuando iban caminando uno junto al otro, él que estaba a su derecha la miró unos segundos, pasó por detrás de ella hasta colocarse a su izquierda y la miró nuevamente unos segundos. Luego volvió a ponerse a su diestra mientras ella lo miraba confundida.

- ¿Qué pasa? – le preguntó.

- Nada. – le aseguró él.

- ¿Es otra de tus ideas de ver mi reacción?

- No. – rió él.

Rose esperó que le contestara pero al ver que no lo hacia volvió a preguntarle:

- ¿Puedes decirme porque has hecho eso? Me gustaría saberlo.

- Quería ver cual era tu perfil más bonito. – contestó sin mirarla.

- ¿Y es el derecho? – preguntó ella mostrando una sonrisa abierta.

- No. Son igualmente preciosos, desde mi punto de vista, claro.

- Has esperado poco para comenzar con los cumplidos. – dijo ella.

- No pensaba decirlo pero tu has insistido en preguntar.

Rose le miró entrecerrando los ojos y él sonrió divertido. Al llegar a la tienda de ropa se detuvieron junto al escaparate. Ella le indicó con la mano cuales eran las botas que venia a ver, él asintió y silenciosamente entraron en la tienda.

El interior no era muy grande y estaba iluminado por una luz blanquecina. La dependienta, una chica algo mayor que ellos con el pelo teñido a mechas de rubio y que llevaba una camiseta con un llamativo signo de la paz plateado sobre fondo rojo, les sonrió al verlos entrar. Rose le señaló las botas y ella le preguntó su numero. Tras comunicárselo desapareció por una puerta al fondo de la tienda para regresar poco después con una caja. La colocó sobre el mostrador y sacó una de las botas. Rose la observó momentáneamente y decidió probársela. Se sentó en un taburete que había allí y se quitó la zapatilla bamba de su pie derecho. Wilbo se arrodilló frente a ella.

- Permíteme. – dijo tomando la bota.

Rose dudó un instante pero dejó que lo hiciese. Él tomó su pie con su mano izquierda sujetándolo por el talón y deslizó suavemente su diestra desde la corva hasta el tobillo, luego comenzó a enfundarle lentamente el calzado. La dependienta se colocó junto a Rose tras haber observado lo sucedido y le susurró al oído:

- Ojalá mi novio me acariciase así a mi también.

Rose le dirigió la mirada y luego volvió a bajarla hacia Wilbo.

- No es mi novio.

- Pues no deberías dejar que se te escape. – y tras decir esto fue a colocarse tras el mostrador y se puso a hojear una revista que tenia sobre el mismo.

- ¿Cómo la sientes? – preguntó Wilbo presionando levemente el pulgar sobre la parte delantera de la bota. Rose susurró un “Bien” y lo acompañó con una leve sonrisa, él se incorporó, dio un par de pasos atrás y miró la bota pensativo.

- Me las llevo. – dijo Rose girándose hacia la dependienta.

Se quitó ella misma la bota y se puso la zapatilla bamba mientras la empleada guardaba el calzado de nuevo en la caja. Tras pagar, salieron de la tienda y Wilbo la invitó a tomar algo en un bar cercano.

Estuvieron charlando sobre varias cosas, entre las que salió a tema la mala suerte de Rose con los chicos, le confesó que creía que todos ellos la habían pretendido solo por lo físico y que el hecho de que ella buscase algo más es lo que les había hecho rechazarla. Wilbo se mostró comprensivo mientras esta le contaba con detalle lo mal que lo había pasado y como había ido perdiendo las ganas de encontrar el amor de su vida. El tiempo se les pasó realmente rápido y Rose le dijo que había prometido a su madre regresar antes del anochecer. Él se ofreció a acompañarla y ella aceptó.

Rose le tomó del brazo y no se soltó de él hasta que llegaron a su casa. Una vez allí le agradeció el tiempo que había pasado con ella y el que hubiese escuchado sus problemas sin perder la paciencia.

- Puede que me equivoque como tantas otras veces, pero eres un buen chico.

- ¿Por acompañarte sin rechistar a comprarte unas botas?

- Por todo. Y por cierto, ahora que mencionas las botas, ¿A que vino eso de acariciarme la pierna? – preguntó ella esbozando una sonrisa.

- Lo siento, me costó resistirme.

- ¿A que hora llegaste a la plaza?

- Eso no importa. – respondió él negando lentamente con la cabeza.

- Necesito saberlo.

- ¿Por qué?

- No me preguntes por qué, solo dímelo. Quiero saberlo.

- ¿Y que consigo a cambio de decírtelo? – preguntó Wilbo.

- ¿Qué quieres?

- Un beso. – respondió él sonriendo.

- Tendrá que ser otra cosa.

- Pues di: “Llevo una gorra bombacha como una cucaracha”.

- Las cucarachas no llevan gorra. – afirmó ella extrañada.

Wilbo se echó a reír y Rose se dio media vuelta para entrar en casa.

- Llegue poco antes de la una. – dijo él al ver que se iba.

Rose se volvió sorprendida y boquiabierta.

- ¿La una? ¿Por qué esperaste tanto?

- Es la hora a la que llegamos retrocediendo el día anterior.

- P-pero... ¡Me has esperado demasiado tiempo!

- No importa.

- Realmente estas loco... – dijo ella aun con expresión sorprendida.

- No me importa esperar lo que sea si al final apareces.

- No volveré a hacerte esperar, lo prometo. – dijo ella acercándose a él.

- ¿Eso significa que volveremos a vernos?

- Puedes apostar esos flequillos tuyos. – respondió dándoles un toque.

Wilbo llevó su mano derecha al cuello de Rose y le acarició la nuca a través de su melena oscura. Ella cerró sus ojos y esbozó una leve sonrisa. Wilbo se inclinó para besarla pero ella retrocedió al instante y le detuvo con una mano.

- Si te permito hacer eso temo que ocurriese de nuevo lo de siempre.

- No tienes nada que temer, Rose.

- No puedo saberlo, compréndeme.

- Esta bien, no insistiré. – dijo mostrando las palmas de sus manos.

- Gracias.

- Entra en casa, ya nos veremos.

Rose le sonrió y se despidió con la mano entrando posteriormente a su casa. Tras cerrar la puerta, Wilbo esperó unos quince segundos y se largó. Dentro, Rose, aun con el ritmo de su corazón acelerado se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo. Su madre se la encontró allí varios minutos después, se agachó a su lado y acariciándole la cabeza le preguntó que le ocurría.

- Creo que estoy enamorada. – dijo ella con lágrimas en los ojos.

- ¿Y por qué lloras? Eso es bueno.

- He olvidado quedar de nuevo con él y también he olvidado donde vivía.

Su madre, a la que ella ciertamente no se parecía mucho físicamente excepto por el color de pelo, se quedó pensativa mientras Rose, compungida, daba vueltas en sus manos a su gorra bombacha.

- ¿Él sabe que vives aquí? – le preguntó.

- Si, si no se le olvida como a mi. – respondió limpiándose los ojos.

Su madre sonrió entonces y dándole unas palmaditas en la rodilla dijo:

- Entonces él te encontrará.

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