Oyó el timbre de la entrada y recordando que sus padres no se encontraban, dejó la guitarra sobre la cama y fue a ver quién llamaba. Bajó la escalera saltando los escalones de tres en tres y llegó hasta la puerta. Miró por la mirilla y lo que vio le sorprendió. Se apartó un momento y se acarició la barbilla pensativo. Asintió para si mismo y abrió la puerta encontrándose cara a cara con Beatriz Verdana.
- Buenas, William. – dijo ella sonriendo. Ya no tenia su larga trenza hasta la cintura, se lo había cortado a la altura de los hombros y Wilbo pensó que con lo largo que lo tenía antes, seria la primera vez que se pelaba en su vida.
- Hola. – se limitó a decir él apoyándose en el marco de la puerta.
- No sabia si te molestaría el que viniese a verte, pero ya que te mostraste tan comprensivo la última vez que nos vimos, pensé que...
- No, no me molesta. – aseguró él - ¿Quieres pasar?
- ¿Por qué no salimos? Hace un día estupendo.
- Valep. – aceptó él cerrando la puerta tras de si.
Paseando juntos, ella le contó que su padre había quedado segundo en una competición de lucha libre y que le habían ofrecido un trabajo de maestro durante el verano en un pueblo a 4 kilómetros de la ciudad. Como no deseaba hacer el viaje hasta allí todos los días, alquilaría una casa allí y ella se pasaría una temporada viviendo solo con su hermana.
Wilbo no tenia mucho que contar y se alegró de que Beatriz fuese tan habladora. Llegaron a una plaza no muy concurrida con una fuente situada en el centro de la misma. Se acercaron a ella y algunos destellos de luz sobre la superficie del agua hicieron apartar la mirada a Wilbo que de pronto fijó su atención en una chica sentada en un banco de piedra, esta tenia el cabello oscuro casi tanto como el suyo y lloraba desconsoladamente ocultando su rostro entre sus manos. Se aproximó hasta ella y le apartó las manos suavemente soltándolas sobre su regazo. La chica le miró tristemente a los ojos con los suyos llenos de lágrimas.
- Ey, dime... – le mostró su característica media sonrisa - ¿Por qué lloras?
Wilbo dedujo que debía tener su misma edad o como mucho un año menos. Beatriz se acercó y le ofreció un pañuelo. La chica lo cogió y tras secar sus lágrimas se lo regresó. Entonces se decidió a contestar a Wilbo:
- Mi novio me ha dejado. Ya es el cuarto chico que me planta este año y no he podido evitar deprimirme. No se puede confiar en los tíos, son todos iguales.
- No está bien generalizar, y si tanto te disgustan, puedes ser como ella. – dijo Wilbo señalando con su pulgar derecho a Beatriz junto a él.
- ¿Ella? – preguntó la chica sin comprenderlo.
Beatriz dirigió una mirada de momentáneo enfado a Wilbo que se giró hacia ella y le dedicó una media sonrisa. Miró entonces a la chica y le dijo:
- Soy lesbiana.
Era la primera vez que Beatriz usaba esa palabra para referirse a si misma y no le sonó mal, de hecho, hasta sintió que él haberlo dicho en voz alta no le resultaba desagradable. Aunque, por supuesto, no pensaba ir gritándolo a voces.
- Ah... – dijo la chica, miró a Wilbo y añadió – No me va eso.
- Pues entonces ya conocerás a un buen chico algún día.
- Solo desearía conocer a uno que fuese un ser humano.
- A veces es difícil pensar en que realmente existan humanos... – dijo Wilbo sentándose a su lado - Creo que se extinguieron, hace tanto, tanto tiempo, que da miedo.
- ¿Por qué dices eso? – le preguntó ella mientras Beatriz se cruzaba de brazos.
- Porque le dije al robot que era un robot y me contestó: "Buenos días, ¿En que puedo atenderle?"
La chica lo miró extrañada. Le pareció que aquel chico estaba loco.
- Creo que no te entiendo... – le dijo unos segundos después.
- Lo se. – rió él tocándole levemente la punta de la nariz con el dedo índice de su mano derecha. La sonrió y ella se sorprendió a si misma devolviéndosela.
- Cuesta resistirse a su sonrisa, ¿cierto? – le susurró Beatriz al oído.
La chica se volvió hacia ella boquiabierta y miró de nuevo a Wilbo.
- ¿Cómo te llamas? – le preguntó él.
- Rose.
- Yo soy Beatriz, y él William.
Beatriz supuso que él la corregiría diciendo “Wilbo” pero este no lo hizo.
- ¿Te sientes ya mejor?
- Supongo. – dijo Rose encogiéndose de hombros, después echó un vistazo a su alrededor y acabó mirando hacia el cielo – Ah... El amor apesta.
- El amor – dijo Wilbo poniéndose en pie - es como una Rosa, puede pincharte y dañarte, pero aún así, es hermosa.
- ¿Hermosa? – preguntó Rose
- Sí, como tú. – le contestó él guiñándole un ojo.
Wilbo tomó entonces de la mano a Beatriz y añadió:
- Nos vamos.
- ¡Hasta lueguito! – se despidió Beatriz siendo arrastrada por Wilbo.
- Adiós. – le dijo Rose agitando una mano hacia ella.
- ¿Por qué nos vamos? – le susurró Beatriz a Wilbo.
- Porque ya no está triste.
- ¿Te alimentas de la tristeza o que? – se burló ella y él la sonrió.
- Si nos quedamos podría depender de nosotros para no entristecer de nuevo, debe lograrlo sola. Es algo que me enseñó una amiga hace tiempo.
- Aún pienso que eres un chico muy extraño. – admitió ella.
- Solo quiero ayudar a los que lo necesiten.
- Si, y esta muy bien eso, pero tus métodos son muy...
- Olvídalo, te invito a un helado.
Beatriz se dejó llevar por él sin volver a hablar del tema, y supo al instante que aquella maravillosa amistad que les unía no se marchitaría jamás.
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