Su madre le había pedido que echara un par de cartas por ella a un buzón. A Wilbo no le apetecía mucho salir de casa aquella tarde pero necesitaba moverse un poco y el paseo hasta el buzón al final de la calle le sentaría bien. Un pequeño gato de pelo moteado lo acompañó durante parte del trayecto quedándose atrás al asustarse con el sonido de un camión que pasó junto a ellos.
Tras depositar las cartas en el buzón, Wilbo emprendió el camino de regreso. Al estar inmerso en sus pensamientos sin prestar atención a lo que pasaba a su alrededor, tropezó con el gato moteado que se había aproximado ronroneando al verle volver y cayó sobre su brazo derecho. El veloz gato le había esquivado a tiempo y no había sufrido ningún daño. Se sentó próximo a él y lo observó con curiosidad.
Wilbo notó un leve dolor en su brazo, y cuando se decidió a tratar de incorporarse, alguien se acerco y decidió echarle una mano.
- ¿Te has hecho daño? – preguntó la persona que lo había auxiliado.
- Nada grave, creo. – le contestó él sacudiéndose el polvo de la ropa.
- ¡Anda, eres tú! – exclamó la persona y esto hizo que le dirigiese la mirada.
Ante él estaba la chica llamada Rose que había conocido junto a Beatriz hacia tan solo cuatro días en una plaza del centro. En esta ocasión, ella llevaba puesta una gorra bombacha de color blanco que captó su atención durante unos segundos.
- Rose, ¿verdad? – dijo él señalándola.
- William, ¿verdad? – dijo ella en respuesta señalándolo a el.
Compartieron unas risas y tras despedirse Wilbo del gato moteado, se encaminaron calle arriba siguiendo el camino que llevaba hasta su casa. Rose le preguntó por su novia y él le recordó que Beatriz era lesbiana y le aclaró que era solo una buena amiga aunque no hacia mucho hubiese existido algo más entre ellos. Ella se interesó por este aspecto ya que no alcanzaba a comprender como podían haber salido juntos si ella tenia otros gustos. Wilbo decidió hacerle un resumen de lo vivido con Beatriz que finalizó poco antes de llegar a la puerta de su casa.
- ¿Vives por aquí cerca? – le preguntó Wilbo.
- No, mi casa queda algo lejos. Vine en autobús para ir a una tienda de música que hay cerca de donde nos hemos encontrado. Ha sido toda una casualidad.
- Sip.
- ¿Tú si vives cerca de aquí?
- Vivo aquí. – respondió él señalando la puerta de su casa.
Ella se rió y él pensó que tenia una risa encantadora. Se miraron mutuamente a los ojos como tratando ambos de ver más allá de las retinas del otro, un par de minutos después y sin apartar la mirada, Wilbo acercó una de sus manos hacia el rostro de ella y le acarició la mejilla. Rose inclinó un poco su cabeza aumentando el rozamiento de su piel contra la suya y cerró los ojos ante esa dulce sensación.
- Tienes las manos muy suaves. – rompió ella el silencio.
- Mis labios son más suaves aún.
Rose soltó un par de carcajadas ante su ocurrencia y Wilbo sonrió divertido.
- Hay algo en ti que me encanta pero no alcanzo a comprender el que. – le comentó ella colocando una mano sobre su pecho.
- Será mi perfume personal. – bromeó él con una risita.
- La verdad es que hueles muy bien. – dijo ella acercándose más a él.
- ¿Y que decías antes de una tienda de música? – preguntó Wilbo de repente.
- ¿Uhm? – aquello pilló desprevenida a Rose y él comenzó a reírse.
- Lo siento, solo quería ver tu reacción al cortar de golpe este momento.
- Estas loco. – susurró ella esbozando una sonrisa.
- Eso he oído. ¿Empezamos de nuevo?
- Quizás en otra ocasión, se me hace tarde. Prometí a mi madre volver pronto.
- Ahora me arrepentiré toda mi vida de haber bromeado.
- Podemos volver a vernos... Si quieres, claro.
- Si, quiero. Puedes besar a la novia. Gracias, padre.
Rose comenzó a reírse y acabó tapándose la boca para acallar su risa. Wilbo la observaba con aire divertido apoyado contra la puerta de su casa. Oírla reír le encantaba.
- Mañana. En la plaza donde nos conocimos a eso de las... ¿siete?
- Seis y media. – dijo él señalándola un instante.
- Mejor a las seis.
- ¿Qué tal un poquito antes? ¿Las cinco y media?
- Umm, déjame pensarlo. – dijo ella pensativa - ¿A las cinco?
- Ya puestos a las cuatro.
- No me gusta ese numero... a las tres.
- Las dos suena más atractivo. – dijo él cruzándose de brazos.
- A mi me suena mejor la una.
- Podríamos seguir retrocediendo hora a hora hasta llegar a este momento.
- Si, pero realmente he de irme. – comentó Rose retrocediendo un paso.
- Entonces qué.
Ella sonrió y retrocedió otro paso.
- Te estas yendo, Rose.
Ella amplió su sonrisa y dio un nuevo paso hacia atrás.
- No me hagas ir tras de ti, estoy algo cansado. – le pidió él.
- Hasta mañana en la plaza, William.
- ¿A que hora? – quiso saber él.
Rose se rió, dio media vuelta y echó a correr. Wilbo, anonadado, no supo reaccionar a tiempo y cuando se decidió a tratar de seguirla la había perdido de vista.
- ¿Y ahora que hago? – pensó aún buscándola con la mirada.
El gato moteado maulló a sus pies, él lo miró, se agachó y lo recogió.
- ¿Qué pasa contigo?
Sintió la lengua áspera del felino lamer su mano y acariciándole la cabeza decidió ponerle el nombre de “Áspero”. Luego se lo llevó a casa y le sirvió algo de leche en un plato, se pasó la tarde jugando con él y al anochecer... soñó con Rose.
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