Su relación duró casi doce meses, en ese tiempo Wilbo hizo todo lo que estuvo en su mano para que fuera feliz y Rose, encantada, se pasaba tanto tiempo sonriendo que temió que se le formasen arrugas.
Cuando ella cumplió los dieciséis años, el 28 de Agosto, Wilbo le regaló a su gato moteado Áspero, al que ella le había cogido mucho cariño. Y además un CD, al que escribió BO-NES en la portada, con unas canciones compuestas, tocadas y cantadas por él que la ayudarían a recordarle siempre que las oyese. Ella le preguntó que deseaba tener él para recordarla, Wilbo sonrió negando con la cabeza y dijo:
- Yo no necesito nada para recordarte, siempre estas presente aquí. – y se llevó una mano al corazón, Rose se acercó y lo besó tiernamente.
En navidad, Wilbo dejó ante la puerta de la casa de Rose a 12 peluches distintos con una rosa apoyada en cada uno. Luego llamó al timbre y se fue. Ella abrió la puerta un minuto después y le gustó mucho aquel detalle. Al día siguiente, ella le regaló una película que vieron juntos tumbados en la cama rodeados de peluches.
El 20 de Enero, sin que fuese un día festivo ni nada parecido, Wilbo despertó a Rose tocando una canción sentado a la puerta de su casa. Ella temió que su madre se enfadase pero esta, al ver que ocurría, se rió e invitó a Wilbo a pasar a desayunar.
El 14 de Febrero tuvieron una doble cita con Beatriz y una chica pelirroja que no parecía hablar muy bien el idioma. Cenaron en un restaurante, fueron a una discoteca y acabaron tumbados en un parque viendo las estrellas.
- Eres cada estrella que brilla en el mundo para mi. – le dijo Wilbo.
- Oh, que cosas tan bonitas me dices, William. – se abrazó ella a él.
- Es de una canción de Michael Jackson.
Rose se rió. Él sonrió, le susurró un “Te Quiero” y la besó.
El 9 de Abril, el día festivo de San Craychek, iban los dos caminando agarrados de la mano cuando comenzaron a cruzarse con algunos jóvenes que llevaban unas camisetas con mensajes como “Te Quiero, Rose”, “Hoy Estas Preciosa, Rose”, “Tu Belleza Me Deslumbra, Rose” y otros similares. Rose no vinculó esto con Wilbo hasta que no vio acercarse a Beatriz y a un amigo de Wilbo llamado Miguel con unas camisetas iguales puestas. Entonces se volvió hacia él que mostró su media sonrisa y dijo: “¡Feliz San Craychek!”.
Rose le dejó por aquel chico llamado Carlos que siempre le habia gustado el 10 de Junio , a 48 días de cumplirse 1 año de relación, a 41 días de cumplirse 1 año del día en que se conocieron y a 1 semana del cumpleaños de Wilbo.
FIN
sábado, 17 de diciembre de 2011
LA HISTORIA DE WILBO & ROSE (5)
Tras llegar a casa y dejar la bolsa con el pan sobre la mesa de la cocina, Rose subió rápidamente las escaleras hasta su cuarto. Tomó el teléfono inalámbrico de color púrpura que tenia en una mesita junto a su cama y con el pulso muy acelerado comenzó a marcar los botones, había memorizado el número de camino hacia su casa y estaba tan nerviosa que tardó unos segundos en responder cuando una grave voz de hombre al otro lado le preguntó quién era:
- ¿E-esta William? – preguntó ella tratando de tranquilizarse.
- Un momento. – dijo la voz grave, y seguidamente le oyó – ¡Will, es para ti!
- ¡Valeeee, lo cojo arriba! – sonó una voz lejana.
Al poco sonó un pequeño ruido y la voz de Wilbo dijo:
- Papá, cuelga. – y de nuevo otro ruido que supuso era el otro teléfono colgando - ¿Quién es?
- Soy Rose. – respondió ella con una mano cerrada sobre su pecho.
- ¿Rose? – escuchó su voz sorprendida - ¿Cómo has conseguido este numero?
- Me lo ha dado Beatriz.
- ¿Beatriz Verdana? – preguntó él extrañado.
- No se su apellido pero supongo que si... ¿Por qué no has venido a verme?
- No sabia si te parecía bien – dijo él – justo ayer lo hablé con Beatriz, aunque no recuerdo haberle dicho donde vivías.
- Me la he encontrado por la calle y parecía muy alegre cuando le pregunté por ti. – le contó Rose y al otro lado, sin poder verlo, Wilbo sonrió.
- Si esto no es el destino, es la coincidencia más grande de mi vida.
- Si – rió ella – y de la mía.
- ¿Cuándo puedo verte? – preguntó él al instante.
- Oh, pues... cuando quieras.
- ¿En serio?
Rose lo imaginó esbozando su media sonrisa.
- En serio. – dijo ella sonriéndole a su visión imaginaria de Wilbo.
- ¿Ahora mismo?
- ¿Ahora? – aquello la sorprendió y notó su corazón volver a latir con fuerza.
- Dime que si y estaré allí antes de que puedas decir “Otorrinolaringología”.
- Si.
Wilbo colgó el teléfono, se puso los botines, palmeó suavemente la cabeza de Áspero y salió corriendo de su casa esquivando por poco a su madre en el pasillo que soltó un grito apagado. Corrió como nunca antes había corrido, recorrió las calles a gran velocidad con una inmensa sonrisa en su rostro. Estuvo a punto de chocarse en más de cuatro ocasiones pero esquivó ágilmente cada uno de los obstáculos y casi sin aliento llegó a la puerta de la casa de Rose. Ella lo esperaba fuera y corrió hacia él al verlo.
- ...ología. – dijo ella como si acabase de terminar la palabra.
Wilbo rió jadeante y la abrazó con fuerza. Rose se fundió en su abrazo ignorando el olor a sudor y sin poder contener su felicidad. Su madre, observándolos desde la puerta, sonrió y luego cerró la puerta para dejarles a solas. A solas, dentro de lo posible, porque estaban en mitad de la calle.
- No he dejado de pensar en ti un momento. – le confesó ella.
- Yo para ser sincero también he pensado en alces pero en ti la mayoría del tiempo. - dijo separándose un poco de ella.
- Bésame – le pidió ella con su mirada fija en la suya.
- Lo cierto es que siempre me gustaron más los abrazos que los besos, aunque suelo pedir más lo segundo que lo primero.
- Bésame, bésame, bésame, bésame, bésame, bésame... – comenzó a decir ella.
Wilbo la estrechó entre sus brazos y la besó con pasión.
- Prométeme que no serás como los otros. Prométeme que no me dejarás.
- El único modo en que te deje será que tu decidas dejarme antes. – dijo el.
- No te dejaré de querer mientras viva. – afirmó ella y de nuevo la besó.
- ¿E-esta William? – preguntó ella tratando de tranquilizarse.
- Un momento. – dijo la voz grave, y seguidamente le oyó – ¡Will, es para ti!
- ¡Valeeee, lo cojo arriba! – sonó una voz lejana.
Al poco sonó un pequeño ruido y la voz de Wilbo dijo:
- Papá, cuelga. – y de nuevo otro ruido que supuso era el otro teléfono colgando - ¿Quién es?
- Soy Rose. – respondió ella con una mano cerrada sobre su pecho.
- ¿Rose? – escuchó su voz sorprendida - ¿Cómo has conseguido este numero?
- Me lo ha dado Beatriz.
- ¿Beatriz Verdana? – preguntó él extrañado.
- No se su apellido pero supongo que si... ¿Por qué no has venido a verme?
- No sabia si te parecía bien – dijo él – justo ayer lo hablé con Beatriz, aunque no recuerdo haberle dicho donde vivías.
- Me la he encontrado por la calle y parecía muy alegre cuando le pregunté por ti. – le contó Rose y al otro lado, sin poder verlo, Wilbo sonrió.
- Si esto no es el destino, es la coincidencia más grande de mi vida.
- Si – rió ella – y de la mía.
- ¿Cuándo puedo verte? – preguntó él al instante.
- Oh, pues... cuando quieras.
- ¿En serio?
Rose lo imaginó esbozando su media sonrisa.
- En serio. – dijo ella sonriéndole a su visión imaginaria de Wilbo.
- ¿Ahora mismo?
- ¿Ahora? – aquello la sorprendió y notó su corazón volver a latir con fuerza.
- Dime que si y estaré allí antes de que puedas decir “Otorrinolaringología”.
- Si.
Wilbo colgó el teléfono, se puso los botines, palmeó suavemente la cabeza de Áspero y salió corriendo de su casa esquivando por poco a su madre en el pasillo que soltó un grito apagado. Corrió como nunca antes había corrido, recorrió las calles a gran velocidad con una inmensa sonrisa en su rostro. Estuvo a punto de chocarse en más de cuatro ocasiones pero esquivó ágilmente cada uno de los obstáculos y casi sin aliento llegó a la puerta de la casa de Rose. Ella lo esperaba fuera y corrió hacia él al verlo.
- ...ología. – dijo ella como si acabase de terminar la palabra.
Wilbo rió jadeante y la abrazó con fuerza. Rose se fundió en su abrazo ignorando el olor a sudor y sin poder contener su felicidad. Su madre, observándolos desde la puerta, sonrió y luego cerró la puerta para dejarles a solas. A solas, dentro de lo posible, porque estaban en mitad de la calle.
- No he dejado de pensar en ti un momento. – le confesó ella.
- Yo para ser sincero también he pensado en alces pero en ti la mayoría del tiempo. - dijo separándose un poco de ella.
- Bésame – le pidió ella con su mirada fija en la suya.
- Lo cierto es que siempre me gustaron más los abrazos que los besos, aunque suelo pedir más lo segundo que lo primero.
- Bésame, bésame, bésame, bésame, bésame, bésame... – comenzó a decir ella.
Wilbo la estrechó entre sus brazos y la besó con pasión.
- Prométeme que no serás como los otros. Prométeme que no me dejarás.
- El único modo en que te deje será que tu decidas dejarme antes. – dijo el.
- No te dejaré de querer mientras viva. – afirmó ella y de nuevo la besó.
LA HISTORIA DE WILBO & ROSE (4)
Dos días después de aquella primera cita entre Wilbo y Rose, esta última, sin noticias aún del chico de hermosa sonrisa, fue a media mañana a comprar algunas piezas de pan a una panadería cercana a su casa. El panadero era un hombre que rondaba los cincuenta años, le conocía desde que era muy pequeña y desde entonces, aunque habían pasado los años y Rose contaba con la edad de quince años (a espera de cumplir los dieciséis), la llamaba Rosita.
- Buenos días, Rosita. ¿Qué te pongo hoy?
- Ponme cuatro piezas de estas. – dijo señalándolas a través del cristal.
- Muy bien.
Mientras el panadero las cogía y colocaba en una bolsa marrón de papel, Rose echó un vistazo a su alrededor. Sobre un estante había un gracioso pato de juguete que captó su atención unos segundos. Después miró por encima de su hombro hacia la puerta del establecimiento y vio pasar a una chica que le resultaba familiar. Volvió la vista al frente pensando en su rostro, tratando de recordar donde la había visto antes, entregó un billete al dependiente mientras con la mirada perdida recogía la bolsa.
- Aquí tienes. – dijo el hombre poniendo en su mano la vuelta de su compra.
- Hasta otra. – se despidió de ella aún perdida en sus pensamientos.
- ¡Hasta lueguito!
Al oírle decir eso lo recordó al instante, la chica, aquella chica que acababa de pasar frente a la panadería, era la amiga de William. Salió a toda prisa de la tienda buscando rápidamente con la mirada a un lado y a otro de la calle, finalmente la detuvo en una chica que se había parado a mirar un póster de un concierto de una cantante solista llamada Danielle D’Amour. Anduvo a paso acelerado hasta llegar a su lado casi al tiempo en que la chica seguía de nuevo su camino.
- ¡Beatriz! – exclamó Rose asombrándose a si misma de recordar su nombre.
Beatriz Verdana se volvió lentamente hacia ella y la observó sin decir nada.
- E-eres Beatriz, ¿verdad? – balbuceó ella no estando ahora tan segura.
- Si. – dijo ella tranquilamente.
- ¿Me recuerdas? Nos conocimos hace una semana en la plaza Szerelem, yo estaba algo triste y... tú y William... vinisteis a hablar conmigo...
- Ah, si, ahora te recuerdo – dijo ella – aunque no tu nombre.
- Rose.
- Rose. – repitió ella sonriendo - ¿Cómo estas?
- Bien.
- Me alegro.
Hubo un momentáneo silencio entre ellas mientras Rose pensaba como preguntarle educadamente por William, que era el único motivo por el que se había acercado a hablar con ella.
- Mi hermana Miriam esta sola en casa y es mejor que vaya a hacerle compañía antes de que se le vuelva a ocurrir trastear con mi ropa. – dijo Beatriz.
- Perdona, solo... solo quería saber si sabias algo de William.
Rose notó que el pronunciar su nombre captó su atención, una sonrisa más amplia se dibujó en sus labios hasta mostrar los dientes y la tomó de ambos brazos echándose un poco hacia atrás observándola de nuevo como si quisiese captar hasta el ultimo de los detalles de su rostro.
- Así que eras tú. – dijo alegremente.
- ¿Yo? – por un momento Rose pensó que Beatriz no la había reconocido antes pero pronto supo lo que ocurría al oír su siguiente frase.
- Ayer me dijo que se había visto con alguien.
- ¿Qué mas dijo? – preguntó interesada la chica de la gorra bombacha.
Beatriz soltó una risita entre dientes y soltando sus brazos, buscó en su bolso hasta extraer del mismo un pequeño cuaderno y un bolígrafo. Anotó algo en una de sus paginas, la arrancó y se la extendió a Rose que la cogió de buena gana.
- Es su número, llámale.
Rose se quedó embobada mirando la hoja de papel con el teléfono escrito en la misma, Beatriz se despidió guiñándole un ojo y dándole la espalda se alejó contoneando su falda verde.
- Buenos días, Rosita. ¿Qué te pongo hoy?
- Ponme cuatro piezas de estas. – dijo señalándolas a través del cristal.
- Muy bien.
Mientras el panadero las cogía y colocaba en una bolsa marrón de papel, Rose echó un vistazo a su alrededor. Sobre un estante había un gracioso pato de juguete que captó su atención unos segundos. Después miró por encima de su hombro hacia la puerta del establecimiento y vio pasar a una chica que le resultaba familiar. Volvió la vista al frente pensando en su rostro, tratando de recordar donde la había visto antes, entregó un billete al dependiente mientras con la mirada perdida recogía la bolsa.
- Aquí tienes. – dijo el hombre poniendo en su mano la vuelta de su compra.
- Hasta otra. – se despidió de ella aún perdida en sus pensamientos.
- ¡Hasta lueguito!
Al oírle decir eso lo recordó al instante, la chica, aquella chica que acababa de pasar frente a la panadería, era la amiga de William. Salió a toda prisa de la tienda buscando rápidamente con la mirada a un lado y a otro de la calle, finalmente la detuvo en una chica que se había parado a mirar un póster de un concierto de una cantante solista llamada Danielle D’Amour. Anduvo a paso acelerado hasta llegar a su lado casi al tiempo en que la chica seguía de nuevo su camino.
- ¡Beatriz! – exclamó Rose asombrándose a si misma de recordar su nombre.
Beatriz Verdana se volvió lentamente hacia ella y la observó sin decir nada.
- E-eres Beatriz, ¿verdad? – balbuceó ella no estando ahora tan segura.
- Si. – dijo ella tranquilamente.
- ¿Me recuerdas? Nos conocimos hace una semana en la plaza Szerelem, yo estaba algo triste y... tú y William... vinisteis a hablar conmigo...
- Ah, si, ahora te recuerdo – dijo ella – aunque no tu nombre.
- Rose.
- Rose. – repitió ella sonriendo - ¿Cómo estas?
- Bien.
- Me alegro.
Hubo un momentáneo silencio entre ellas mientras Rose pensaba como preguntarle educadamente por William, que era el único motivo por el que se había acercado a hablar con ella.
- Mi hermana Miriam esta sola en casa y es mejor que vaya a hacerle compañía antes de que se le vuelva a ocurrir trastear con mi ropa. – dijo Beatriz.
- Perdona, solo... solo quería saber si sabias algo de William.
Rose notó que el pronunciar su nombre captó su atención, una sonrisa más amplia se dibujó en sus labios hasta mostrar los dientes y la tomó de ambos brazos echándose un poco hacia atrás observándola de nuevo como si quisiese captar hasta el ultimo de los detalles de su rostro.
- Así que eras tú. – dijo alegremente.
- ¿Yo? – por un momento Rose pensó que Beatriz no la había reconocido antes pero pronto supo lo que ocurría al oír su siguiente frase.
- Ayer me dijo que se había visto con alguien.
- ¿Qué mas dijo? – preguntó interesada la chica de la gorra bombacha.
Beatriz soltó una risita entre dientes y soltando sus brazos, buscó en su bolso hasta extraer del mismo un pequeño cuaderno y un bolígrafo. Anotó algo en una de sus paginas, la arrancó y se la extendió a Rose que la cogió de buena gana.
- Es su número, llámale.
Rose se quedó embobada mirando la hoja de papel con el teléfono escrito en la misma, Beatriz se despidió guiñándole un ojo y dándole la espalda se alejó contoneando su falda verde.
LA HISTORIA DE WILBO & ROSE (3)
Eran las seis y cuarto de la tarde cuando Rose salió de casa tras prometer a Karen, su madre, que estaría de vuelta antes del anochecer. Se colocó en la cabeza su gorra bombacha favorita, comprobó que su falda no estaba torcida y echó a andar hacia la plaza Szerelem. Mientras se dirigía allí, se encontró con su vecino y amigo Carlos, se detuvo a hablar con él unos minutos, prometió llamarle para acordar una salida con sus amigos en común y se despidieron. Carlos siempre le había atraído pero debido a que le gustaba a su amiga Raquel, nunca se había decidido a tocar ese aspecto con él.
Cuando llegó a la plaza eran casi las siete en punto. La plaza estaba algo concurrida ese día y fue mirando a todos los chicos con los que se cruzaba mientras avanzaba hacia el banco en el que había conocido a William y Beatriz. Algunos de esos chicos a los que miró la sonrieron al coincidir sus miradas pero ella apartaba la suya y seguía buscando al muchacho con el que se había citado allí la tarde anterior.
Estando a unos veinte metros del banco, miró hacia él y vio sentado en él a un chico de su edad, con el cabello moreno del cual dos flequillos caían a ambos lados de su frente hasta la altura de su boca, estaba echado hacia delante con los codos apoyados en sus rodillas y sus manos se tocaban por la yema de los dedos. Avanzó hacia él con paso decidido y este alzó hacia ella la mirada y sonrió. Aquella radiante media sonrisa suya hizo que su corazón comenzase a acelerarse y le sonrió hasta que llegó a su lado.
- Buenas. – dijo Wilbo poniéndose en pie.
- ¿Cuánto llevas aquí?
Él negó con la cabeza mientras aún la sonreía. Rose se preguntó cuánto tiempo llevaría allí sentado esperándola, no parecía disgustado en absoluto así que supuso que no haría mucho que la esperaba. Aún así, se prometió preguntárselo nuevamente cuando tuviese ocasión.
- ¿Nos sentamos o prefieres que vayamos a algún otro sitio? – preguntó Wilbo.
- Me gustaría ver unas botas que vi el otro día de pasada en una tienda del centro, aunque pensándolo mejor, quizás no sea buena idea, a los chicos no os gusta mucho ir a tiendas de ropa femenina.
- Te dije que no estaba bien generalizar. No seria la primera ni supongo la última vez que acompaño a una chica a una tienda de ropa. – hizo una pausa - Vamos.
Cuando iban caminando uno junto al otro, él que estaba a su derecha la miró unos segundos, pasó por detrás de ella hasta colocarse a su izquierda y la miró nuevamente unos segundos. Luego volvió a ponerse a su diestra mientras ella lo miraba confundida.
- ¿Qué pasa? – le preguntó.
- Nada. – le aseguró él.
- ¿Es otra de tus ideas de ver mi reacción?
- No. – rió él.
Rose esperó que le contestara pero al ver que no lo hacia volvió a preguntarle:
- ¿Puedes decirme porque has hecho eso? Me gustaría saberlo.
- Quería ver cual era tu perfil más bonito. – contestó sin mirarla.
- ¿Y es el derecho? – preguntó ella mostrando una sonrisa abierta.
- No. Son igualmente preciosos, desde mi punto de vista, claro.
- Has esperado poco para comenzar con los cumplidos. – dijo ella.
- No pensaba decirlo pero tu has insistido en preguntar.
Rose le miró entrecerrando los ojos y él sonrió divertido. Al llegar a la tienda de ropa se detuvieron junto al escaparate. Ella le indicó con la mano cuales eran las botas que venia a ver, él asintió y silenciosamente entraron en la tienda.
El interior no era muy grande y estaba iluminado por una luz blanquecina. La dependienta, una chica algo mayor que ellos con el pelo teñido a mechas de rubio y que llevaba una camiseta con un llamativo signo de la paz plateado sobre fondo rojo, les sonrió al verlos entrar. Rose le señaló las botas y ella le preguntó su numero. Tras comunicárselo desapareció por una puerta al fondo de la tienda para regresar poco después con una caja. La colocó sobre el mostrador y sacó una de las botas. Rose la observó momentáneamente y decidió probársela. Se sentó en un taburete que había allí y se quitó la zapatilla bamba de su pie derecho. Wilbo se arrodilló frente a ella.
- Permíteme. – dijo tomando la bota.
Rose dudó un instante pero dejó que lo hiciese. Él tomó su pie con su mano izquierda sujetándolo por el talón y deslizó suavemente su diestra desde la corva hasta el tobillo, luego comenzó a enfundarle lentamente el calzado. La dependienta se colocó junto a Rose tras haber observado lo sucedido y le susurró al oído:
- Ojalá mi novio me acariciase así a mi también.
Rose le dirigió la mirada y luego volvió a bajarla hacia Wilbo.
- No es mi novio.
- Pues no deberías dejar que se te escape. – y tras decir esto fue a colocarse tras el mostrador y se puso a hojear una revista que tenia sobre el mismo.
- ¿Cómo la sientes? – preguntó Wilbo presionando levemente el pulgar sobre la parte delantera de la bota. Rose susurró un “Bien” y lo acompañó con una leve sonrisa, él se incorporó, dio un par de pasos atrás y miró la bota pensativo.
- Me las llevo. – dijo Rose girándose hacia la dependienta.
Se quitó ella misma la bota y se puso la zapatilla bamba mientras la empleada guardaba el calzado de nuevo en la caja. Tras pagar, salieron de la tienda y Wilbo la invitó a tomar algo en un bar cercano.
Estuvieron charlando sobre varias cosas, entre las que salió a tema la mala suerte de Rose con los chicos, le confesó que creía que todos ellos la habían pretendido solo por lo físico y que el hecho de que ella buscase algo más es lo que les había hecho rechazarla. Wilbo se mostró comprensivo mientras esta le contaba con detalle lo mal que lo había pasado y como había ido perdiendo las ganas de encontrar el amor de su vida. El tiempo se les pasó realmente rápido y Rose le dijo que había prometido a su madre regresar antes del anochecer. Él se ofreció a acompañarla y ella aceptó.
Rose le tomó del brazo y no se soltó de él hasta que llegaron a su casa. Una vez allí le agradeció el tiempo que había pasado con ella y el que hubiese escuchado sus problemas sin perder la paciencia.
- Puede que me equivoque como tantas otras veces, pero eres un buen chico.
- ¿Por acompañarte sin rechistar a comprarte unas botas?
- Por todo. Y por cierto, ahora que mencionas las botas, ¿A que vino eso de acariciarme la pierna? – preguntó ella esbozando una sonrisa.
- Lo siento, me costó resistirme.
- ¿A que hora llegaste a la plaza?
- Eso no importa. – respondió él negando lentamente con la cabeza.
- Necesito saberlo.
- ¿Por qué?
- No me preguntes por qué, solo dímelo. Quiero saberlo.
- ¿Y que consigo a cambio de decírtelo? – preguntó Wilbo.
- ¿Qué quieres?
- Un beso. – respondió él sonriendo.
- Tendrá que ser otra cosa.
- Pues di: “Llevo una gorra bombacha como una cucaracha”.
- Las cucarachas no llevan gorra. – afirmó ella extrañada.
Wilbo se echó a reír y Rose se dio media vuelta para entrar en casa.
- Llegue poco antes de la una. – dijo él al ver que se iba.
Rose se volvió sorprendida y boquiabierta.
- ¿La una? ¿Por qué esperaste tanto?
- Es la hora a la que llegamos retrocediendo el día anterior.
- P-pero... ¡Me has esperado demasiado tiempo!
- No importa.
- Realmente estas loco... – dijo ella aun con expresión sorprendida.
- No me importa esperar lo que sea si al final apareces.
- No volveré a hacerte esperar, lo prometo. – dijo ella acercándose a él.
- ¿Eso significa que volveremos a vernos?
- Puedes apostar esos flequillos tuyos. – respondió dándoles un toque.
Wilbo llevó su mano derecha al cuello de Rose y le acarició la nuca a través de su melena oscura. Ella cerró sus ojos y esbozó una leve sonrisa. Wilbo se inclinó para besarla pero ella retrocedió al instante y le detuvo con una mano.
- Si te permito hacer eso temo que ocurriese de nuevo lo de siempre.
- No tienes nada que temer, Rose.
- No puedo saberlo, compréndeme.
- Esta bien, no insistiré. – dijo mostrando las palmas de sus manos.
- Gracias.
- Entra en casa, ya nos veremos.
Rose le sonrió y se despidió con la mano entrando posteriormente a su casa. Tras cerrar la puerta, Wilbo esperó unos quince segundos y se largó. Dentro, Rose, aun con el ritmo de su corazón acelerado se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo. Su madre se la encontró allí varios minutos después, se agachó a su lado y acariciándole la cabeza le preguntó que le ocurría.
- Creo que estoy enamorada. – dijo ella con lágrimas en los ojos.
- ¿Y por qué lloras? Eso es bueno.
- He olvidado quedar de nuevo con él y también he olvidado donde vivía.
Su madre, a la que ella ciertamente no se parecía mucho físicamente excepto por el color de pelo, se quedó pensativa mientras Rose, compungida, daba vueltas en sus manos a su gorra bombacha.
- ¿Él sabe que vives aquí? – le preguntó.
- Si, si no se le olvida como a mi. – respondió limpiándose los ojos.
Su madre sonrió entonces y dándole unas palmaditas en la rodilla dijo:
- Entonces él te encontrará.
Cuando llegó a la plaza eran casi las siete en punto. La plaza estaba algo concurrida ese día y fue mirando a todos los chicos con los que se cruzaba mientras avanzaba hacia el banco en el que había conocido a William y Beatriz. Algunos de esos chicos a los que miró la sonrieron al coincidir sus miradas pero ella apartaba la suya y seguía buscando al muchacho con el que se había citado allí la tarde anterior.
Estando a unos veinte metros del banco, miró hacia él y vio sentado en él a un chico de su edad, con el cabello moreno del cual dos flequillos caían a ambos lados de su frente hasta la altura de su boca, estaba echado hacia delante con los codos apoyados en sus rodillas y sus manos se tocaban por la yema de los dedos. Avanzó hacia él con paso decidido y este alzó hacia ella la mirada y sonrió. Aquella radiante media sonrisa suya hizo que su corazón comenzase a acelerarse y le sonrió hasta que llegó a su lado.
- Buenas. – dijo Wilbo poniéndose en pie.
- ¿Cuánto llevas aquí?
Él negó con la cabeza mientras aún la sonreía. Rose se preguntó cuánto tiempo llevaría allí sentado esperándola, no parecía disgustado en absoluto así que supuso que no haría mucho que la esperaba. Aún así, se prometió preguntárselo nuevamente cuando tuviese ocasión.
- ¿Nos sentamos o prefieres que vayamos a algún otro sitio? – preguntó Wilbo.
- Me gustaría ver unas botas que vi el otro día de pasada en una tienda del centro, aunque pensándolo mejor, quizás no sea buena idea, a los chicos no os gusta mucho ir a tiendas de ropa femenina.
- Te dije que no estaba bien generalizar. No seria la primera ni supongo la última vez que acompaño a una chica a una tienda de ropa. – hizo una pausa - Vamos.
Cuando iban caminando uno junto al otro, él que estaba a su derecha la miró unos segundos, pasó por detrás de ella hasta colocarse a su izquierda y la miró nuevamente unos segundos. Luego volvió a ponerse a su diestra mientras ella lo miraba confundida.
- ¿Qué pasa? – le preguntó.
- Nada. – le aseguró él.
- ¿Es otra de tus ideas de ver mi reacción?
- No. – rió él.
Rose esperó que le contestara pero al ver que no lo hacia volvió a preguntarle:
- ¿Puedes decirme porque has hecho eso? Me gustaría saberlo.
- Quería ver cual era tu perfil más bonito. – contestó sin mirarla.
- ¿Y es el derecho? – preguntó ella mostrando una sonrisa abierta.
- No. Son igualmente preciosos, desde mi punto de vista, claro.
- Has esperado poco para comenzar con los cumplidos. – dijo ella.
- No pensaba decirlo pero tu has insistido en preguntar.
Rose le miró entrecerrando los ojos y él sonrió divertido. Al llegar a la tienda de ropa se detuvieron junto al escaparate. Ella le indicó con la mano cuales eran las botas que venia a ver, él asintió y silenciosamente entraron en la tienda.
El interior no era muy grande y estaba iluminado por una luz blanquecina. La dependienta, una chica algo mayor que ellos con el pelo teñido a mechas de rubio y que llevaba una camiseta con un llamativo signo de la paz plateado sobre fondo rojo, les sonrió al verlos entrar. Rose le señaló las botas y ella le preguntó su numero. Tras comunicárselo desapareció por una puerta al fondo de la tienda para regresar poco después con una caja. La colocó sobre el mostrador y sacó una de las botas. Rose la observó momentáneamente y decidió probársela. Se sentó en un taburete que había allí y se quitó la zapatilla bamba de su pie derecho. Wilbo se arrodilló frente a ella.
- Permíteme. – dijo tomando la bota.
Rose dudó un instante pero dejó que lo hiciese. Él tomó su pie con su mano izquierda sujetándolo por el talón y deslizó suavemente su diestra desde la corva hasta el tobillo, luego comenzó a enfundarle lentamente el calzado. La dependienta se colocó junto a Rose tras haber observado lo sucedido y le susurró al oído:
- Ojalá mi novio me acariciase así a mi también.
Rose le dirigió la mirada y luego volvió a bajarla hacia Wilbo.
- No es mi novio.
- Pues no deberías dejar que se te escape. – y tras decir esto fue a colocarse tras el mostrador y se puso a hojear una revista que tenia sobre el mismo.
- ¿Cómo la sientes? – preguntó Wilbo presionando levemente el pulgar sobre la parte delantera de la bota. Rose susurró un “Bien” y lo acompañó con una leve sonrisa, él se incorporó, dio un par de pasos atrás y miró la bota pensativo.
- Me las llevo. – dijo Rose girándose hacia la dependienta.
Se quitó ella misma la bota y se puso la zapatilla bamba mientras la empleada guardaba el calzado de nuevo en la caja. Tras pagar, salieron de la tienda y Wilbo la invitó a tomar algo en un bar cercano.
Estuvieron charlando sobre varias cosas, entre las que salió a tema la mala suerte de Rose con los chicos, le confesó que creía que todos ellos la habían pretendido solo por lo físico y que el hecho de que ella buscase algo más es lo que les había hecho rechazarla. Wilbo se mostró comprensivo mientras esta le contaba con detalle lo mal que lo había pasado y como había ido perdiendo las ganas de encontrar el amor de su vida. El tiempo se les pasó realmente rápido y Rose le dijo que había prometido a su madre regresar antes del anochecer. Él se ofreció a acompañarla y ella aceptó.
Rose le tomó del brazo y no se soltó de él hasta que llegaron a su casa. Una vez allí le agradeció el tiempo que había pasado con ella y el que hubiese escuchado sus problemas sin perder la paciencia.
- Puede que me equivoque como tantas otras veces, pero eres un buen chico.
- ¿Por acompañarte sin rechistar a comprarte unas botas?
- Por todo. Y por cierto, ahora que mencionas las botas, ¿A que vino eso de acariciarme la pierna? – preguntó ella esbozando una sonrisa.
- Lo siento, me costó resistirme.
- ¿A que hora llegaste a la plaza?
- Eso no importa. – respondió él negando lentamente con la cabeza.
- Necesito saberlo.
- ¿Por qué?
- No me preguntes por qué, solo dímelo. Quiero saberlo.
- ¿Y que consigo a cambio de decírtelo? – preguntó Wilbo.
- ¿Qué quieres?
- Un beso. – respondió él sonriendo.
- Tendrá que ser otra cosa.
- Pues di: “Llevo una gorra bombacha como una cucaracha”.
- Las cucarachas no llevan gorra. – afirmó ella extrañada.
Wilbo se echó a reír y Rose se dio media vuelta para entrar en casa.
- Llegue poco antes de la una. – dijo él al ver que se iba.
Rose se volvió sorprendida y boquiabierta.
- ¿La una? ¿Por qué esperaste tanto?
- Es la hora a la que llegamos retrocediendo el día anterior.
- P-pero... ¡Me has esperado demasiado tiempo!
- No importa.
- Realmente estas loco... – dijo ella aun con expresión sorprendida.
- No me importa esperar lo que sea si al final apareces.
- No volveré a hacerte esperar, lo prometo. – dijo ella acercándose a él.
- ¿Eso significa que volveremos a vernos?
- Puedes apostar esos flequillos tuyos. – respondió dándoles un toque.
Wilbo llevó su mano derecha al cuello de Rose y le acarició la nuca a través de su melena oscura. Ella cerró sus ojos y esbozó una leve sonrisa. Wilbo se inclinó para besarla pero ella retrocedió al instante y le detuvo con una mano.
- Si te permito hacer eso temo que ocurriese de nuevo lo de siempre.
- No tienes nada que temer, Rose.
- No puedo saberlo, compréndeme.
- Esta bien, no insistiré. – dijo mostrando las palmas de sus manos.
- Gracias.
- Entra en casa, ya nos veremos.
Rose le sonrió y se despidió con la mano entrando posteriormente a su casa. Tras cerrar la puerta, Wilbo esperó unos quince segundos y se largó. Dentro, Rose, aun con el ritmo de su corazón acelerado se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo. Su madre se la encontró allí varios minutos después, se agachó a su lado y acariciándole la cabeza le preguntó que le ocurría.
- Creo que estoy enamorada. – dijo ella con lágrimas en los ojos.
- ¿Y por qué lloras? Eso es bueno.
- He olvidado quedar de nuevo con él y también he olvidado donde vivía.
Su madre, a la que ella ciertamente no se parecía mucho físicamente excepto por el color de pelo, se quedó pensativa mientras Rose, compungida, daba vueltas en sus manos a su gorra bombacha.
- ¿Él sabe que vives aquí? – le preguntó.
- Si, si no se le olvida como a mi. – respondió limpiándose los ojos.
Su madre sonrió entonces y dándole unas palmaditas en la rodilla dijo:
- Entonces él te encontrará.
LA HISTORIA DE WILBO & ROSE (2)
Su madre le había pedido que echara un par de cartas por ella a un buzón. A Wilbo no le apetecía mucho salir de casa aquella tarde pero necesitaba moverse un poco y el paseo hasta el buzón al final de la calle le sentaría bien. Un pequeño gato de pelo moteado lo acompañó durante parte del trayecto quedándose atrás al asustarse con el sonido de un camión que pasó junto a ellos.
Tras depositar las cartas en el buzón, Wilbo emprendió el camino de regreso. Al estar inmerso en sus pensamientos sin prestar atención a lo que pasaba a su alrededor, tropezó con el gato moteado que se había aproximado ronroneando al verle volver y cayó sobre su brazo derecho. El veloz gato le había esquivado a tiempo y no había sufrido ningún daño. Se sentó próximo a él y lo observó con curiosidad.
Wilbo notó un leve dolor en su brazo, y cuando se decidió a tratar de incorporarse, alguien se acerco y decidió echarle una mano.
- ¿Te has hecho daño? – preguntó la persona que lo había auxiliado.
- Nada grave, creo. – le contestó él sacudiéndose el polvo de la ropa.
- ¡Anda, eres tú! – exclamó la persona y esto hizo que le dirigiese la mirada.
Ante él estaba la chica llamada Rose que había conocido junto a Beatriz hacia tan solo cuatro días en una plaza del centro. En esta ocasión, ella llevaba puesta una gorra bombacha de color blanco que captó su atención durante unos segundos.
- Rose, ¿verdad? – dijo él señalándola.
- William, ¿verdad? – dijo ella en respuesta señalándolo a el.
Compartieron unas risas y tras despedirse Wilbo del gato moteado, se encaminaron calle arriba siguiendo el camino que llevaba hasta su casa. Rose le preguntó por su novia y él le recordó que Beatriz era lesbiana y le aclaró que era solo una buena amiga aunque no hacia mucho hubiese existido algo más entre ellos. Ella se interesó por este aspecto ya que no alcanzaba a comprender como podían haber salido juntos si ella tenia otros gustos. Wilbo decidió hacerle un resumen de lo vivido con Beatriz que finalizó poco antes de llegar a la puerta de su casa.
- ¿Vives por aquí cerca? – le preguntó Wilbo.
- No, mi casa queda algo lejos. Vine en autobús para ir a una tienda de música que hay cerca de donde nos hemos encontrado. Ha sido toda una casualidad.
- Sip.
- ¿Tú si vives cerca de aquí?
- Vivo aquí. – respondió él señalando la puerta de su casa.
Ella se rió y él pensó que tenia una risa encantadora. Se miraron mutuamente a los ojos como tratando ambos de ver más allá de las retinas del otro, un par de minutos después y sin apartar la mirada, Wilbo acercó una de sus manos hacia el rostro de ella y le acarició la mejilla. Rose inclinó un poco su cabeza aumentando el rozamiento de su piel contra la suya y cerró los ojos ante esa dulce sensación.
- Tienes las manos muy suaves. – rompió ella el silencio.
- Mis labios son más suaves aún.
Rose soltó un par de carcajadas ante su ocurrencia y Wilbo sonrió divertido.
- Hay algo en ti que me encanta pero no alcanzo a comprender el que. – le comentó ella colocando una mano sobre su pecho.
- Será mi perfume personal. – bromeó él con una risita.
- La verdad es que hueles muy bien. – dijo ella acercándose más a él.
- ¿Y que decías antes de una tienda de música? – preguntó Wilbo de repente.
- ¿Uhm? – aquello pilló desprevenida a Rose y él comenzó a reírse.
- Lo siento, solo quería ver tu reacción al cortar de golpe este momento.
- Estas loco. – susurró ella esbozando una sonrisa.
- Eso he oído. ¿Empezamos de nuevo?
- Quizás en otra ocasión, se me hace tarde. Prometí a mi madre volver pronto.
- Ahora me arrepentiré toda mi vida de haber bromeado.
- Podemos volver a vernos... Si quieres, claro.
- Si, quiero. Puedes besar a la novia. Gracias, padre.
Rose comenzó a reírse y acabó tapándose la boca para acallar su risa. Wilbo la observaba con aire divertido apoyado contra la puerta de su casa. Oírla reír le encantaba.
- Mañana. En la plaza donde nos conocimos a eso de las... ¿siete?
- Seis y media. – dijo él señalándola un instante.
- Mejor a las seis.
- ¿Qué tal un poquito antes? ¿Las cinco y media?
- Umm, déjame pensarlo. – dijo ella pensativa - ¿A las cinco?
- Ya puestos a las cuatro.
- No me gusta ese numero... a las tres.
- Las dos suena más atractivo. – dijo él cruzándose de brazos.
- A mi me suena mejor la una.
- Podríamos seguir retrocediendo hora a hora hasta llegar a este momento.
- Si, pero realmente he de irme. – comentó Rose retrocediendo un paso.
- Entonces qué.
Ella sonrió y retrocedió otro paso.
- Te estas yendo, Rose.
Ella amplió su sonrisa y dio un nuevo paso hacia atrás.
- No me hagas ir tras de ti, estoy algo cansado. – le pidió él.
- Hasta mañana en la plaza, William.
- ¿A que hora? – quiso saber él.
Rose se rió, dio media vuelta y echó a correr. Wilbo, anonadado, no supo reaccionar a tiempo y cuando se decidió a tratar de seguirla la había perdido de vista.
- ¿Y ahora que hago? – pensó aún buscándola con la mirada.
El gato moteado maulló a sus pies, él lo miró, se agachó y lo recogió.
- ¿Qué pasa contigo?
Sintió la lengua áspera del felino lamer su mano y acariciándole la cabeza decidió ponerle el nombre de “Áspero”. Luego se lo llevó a casa y le sirvió algo de leche en un plato, se pasó la tarde jugando con él y al anochecer... soñó con Rose.
Tras depositar las cartas en el buzón, Wilbo emprendió el camino de regreso. Al estar inmerso en sus pensamientos sin prestar atención a lo que pasaba a su alrededor, tropezó con el gato moteado que se había aproximado ronroneando al verle volver y cayó sobre su brazo derecho. El veloz gato le había esquivado a tiempo y no había sufrido ningún daño. Se sentó próximo a él y lo observó con curiosidad.
Wilbo notó un leve dolor en su brazo, y cuando se decidió a tratar de incorporarse, alguien se acerco y decidió echarle una mano.
- ¿Te has hecho daño? – preguntó la persona que lo había auxiliado.
- Nada grave, creo. – le contestó él sacudiéndose el polvo de la ropa.
- ¡Anda, eres tú! – exclamó la persona y esto hizo que le dirigiese la mirada.
Ante él estaba la chica llamada Rose que había conocido junto a Beatriz hacia tan solo cuatro días en una plaza del centro. En esta ocasión, ella llevaba puesta una gorra bombacha de color blanco que captó su atención durante unos segundos.
- Rose, ¿verdad? – dijo él señalándola.
- William, ¿verdad? – dijo ella en respuesta señalándolo a el.
Compartieron unas risas y tras despedirse Wilbo del gato moteado, se encaminaron calle arriba siguiendo el camino que llevaba hasta su casa. Rose le preguntó por su novia y él le recordó que Beatriz era lesbiana y le aclaró que era solo una buena amiga aunque no hacia mucho hubiese existido algo más entre ellos. Ella se interesó por este aspecto ya que no alcanzaba a comprender como podían haber salido juntos si ella tenia otros gustos. Wilbo decidió hacerle un resumen de lo vivido con Beatriz que finalizó poco antes de llegar a la puerta de su casa.
- ¿Vives por aquí cerca? – le preguntó Wilbo.
- No, mi casa queda algo lejos. Vine en autobús para ir a una tienda de música que hay cerca de donde nos hemos encontrado. Ha sido toda una casualidad.
- Sip.
- ¿Tú si vives cerca de aquí?
- Vivo aquí. – respondió él señalando la puerta de su casa.
Ella se rió y él pensó que tenia una risa encantadora. Se miraron mutuamente a los ojos como tratando ambos de ver más allá de las retinas del otro, un par de minutos después y sin apartar la mirada, Wilbo acercó una de sus manos hacia el rostro de ella y le acarició la mejilla. Rose inclinó un poco su cabeza aumentando el rozamiento de su piel contra la suya y cerró los ojos ante esa dulce sensación.
- Tienes las manos muy suaves. – rompió ella el silencio.
- Mis labios son más suaves aún.
Rose soltó un par de carcajadas ante su ocurrencia y Wilbo sonrió divertido.
- Hay algo en ti que me encanta pero no alcanzo a comprender el que. – le comentó ella colocando una mano sobre su pecho.
- Será mi perfume personal. – bromeó él con una risita.
- La verdad es que hueles muy bien. – dijo ella acercándose más a él.
- ¿Y que decías antes de una tienda de música? – preguntó Wilbo de repente.
- ¿Uhm? – aquello pilló desprevenida a Rose y él comenzó a reírse.
- Lo siento, solo quería ver tu reacción al cortar de golpe este momento.
- Estas loco. – susurró ella esbozando una sonrisa.
- Eso he oído. ¿Empezamos de nuevo?
- Quizás en otra ocasión, se me hace tarde. Prometí a mi madre volver pronto.
- Ahora me arrepentiré toda mi vida de haber bromeado.
- Podemos volver a vernos... Si quieres, claro.
- Si, quiero. Puedes besar a la novia. Gracias, padre.
Rose comenzó a reírse y acabó tapándose la boca para acallar su risa. Wilbo la observaba con aire divertido apoyado contra la puerta de su casa. Oírla reír le encantaba.
- Mañana. En la plaza donde nos conocimos a eso de las... ¿siete?
- Seis y media. – dijo él señalándola un instante.
- Mejor a las seis.
- ¿Qué tal un poquito antes? ¿Las cinco y media?
- Umm, déjame pensarlo. – dijo ella pensativa - ¿A las cinco?
- Ya puestos a las cuatro.
- No me gusta ese numero... a las tres.
- Las dos suena más atractivo. – dijo él cruzándose de brazos.
- A mi me suena mejor la una.
- Podríamos seguir retrocediendo hora a hora hasta llegar a este momento.
- Si, pero realmente he de irme. – comentó Rose retrocediendo un paso.
- Entonces qué.
Ella sonrió y retrocedió otro paso.
- Te estas yendo, Rose.
Ella amplió su sonrisa y dio un nuevo paso hacia atrás.
- No me hagas ir tras de ti, estoy algo cansado. – le pidió él.
- Hasta mañana en la plaza, William.
- ¿A que hora? – quiso saber él.
Rose se rió, dio media vuelta y echó a correr. Wilbo, anonadado, no supo reaccionar a tiempo y cuando se decidió a tratar de seguirla la había perdido de vista.
- ¿Y ahora que hago? – pensó aún buscándola con la mirada.
El gato moteado maulló a sus pies, él lo miró, se agachó y lo recogió.
- ¿Qué pasa contigo?
Sintió la lengua áspera del felino lamer su mano y acariciándole la cabeza decidió ponerle el nombre de “Áspero”. Luego se lo llevó a casa y le sirvió algo de leche en un plato, se pasó la tarde jugando con él y al anochecer... soñó con Rose.
LA HISTORIA DE WILBO & ROSE (1)
Oyó el timbre de la entrada y recordando que sus padres no se encontraban, dejó la guitarra sobre la cama y fue a ver quién llamaba. Bajó la escalera saltando los escalones de tres en tres y llegó hasta la puerta. Miró por la mirilla y lo que vio le sorprendió. Se apartó un momento y se acarició la barbilla pensativo. Asintió para si mismo y abrió la puerta encontrándose cara a cara con Beatriz Verdana.
- Buenas, William. – dijo ella sonriendo. Ya no tenia su larga trenza hasta la cintura, se lo había cortado a la altura de los hombros y Wilbo pensó que con lo largo que lo tenía antes, seria la primera vez que se pelaba en su vida.
- Hola. – se limitó a decir él apoyándose en el marco de la puerta.
- No sabia si te molestaría el que viniese a verte, pero ya que te mostraste tan comprensivo la última vez que nos vimos, pensé que...
- No, no me molesta. – aseguró él - ¿Quieres pasar?
- ¿Por qué no salimos? Hace un día estupendo.
- Valep. – aceptó él cerrando la puerta tras de si.
Paseando juntos, ella le contó que su padre había quedado segundo en una competición de lucha libre y que le habían ofrecido un trabajo de maestro durante el verano en un pueblo a 4 kilómetros de la ciudad. Como no deseaba hacer el viaje hasta allí todos los días, alquilaría una casa allí y ella se pasaría una temporada viviendo solo con su hermana.
Wilbo no tenia mucho que contar y se alegró de que Beatriz fuese tan habladora. Llegaron a una plaza no muy concurrida con una fuente situada en el centro de la misma. Se acercaron a ella y algunos destellos de luz sobre la superficie del agua hicieron apartar la mirada a Wilbo que de pronto fijó su atención en una chica sentada en un banco de piedra, esta tenia el cabello oscuro casi tanto como el suyo y lloraba desconsoladamente ocultando su rostro entre sus manos. Se aproximó hasta ella y le apartó las manos suavemente soltándolas sobre su regazo. La chica le miró tristemente a los ojos con los suyos llenos de lágrimas.
- Ey, dime... – le mostró su característica media sonrisa - ¿Por qué lloras?
Wilbo dedujo que debía tener su misma edad o como mucho un año menos. Beatriz se acercó y le ofreció un pañuelo. La chica lo cogió y tras secar sus lágrimas se lo regresó. Entonces se decidió a contestar a Wilbo:
- Mi novio me ha dejado. Ya es el cuarto chico que me planta este año y no he podido evitar deprimirme. No se puede confiar en los tíos, son todos iguales.
- No está bien generalizar, y si tanto te disgustan, puedes ser como ella. – dijo Wilbo señalando con su pulgar derecho a Beatriz junto a él.
- ¿Ella? – preguntó la chica sin comprenderlo.
Beatriz dirigió una mirada de momentáneo enfado a Wilbo que se giró hacia ella y le dedicó una media sonrisa. Miró entonces a la chica y le dijo:
- Soy lesbiana.
Era la primera vez que Beatriz usaba esa palabra para referirse a si misma y no le sonó mal, de hecho, hasta sintió que él haberlo dicho en voz alta no le resultaba desagradable. Aunque, por supuesto, no pensaba ir gritándolo a voces.
- Ah... – dijo la chica, miró a Wilbo y añadió – No me va eso.
- Pues entonces ya conocerás a un buen chico algún día.
- Solo desearía conocer a uno que fuese un ser humano.
- A veces es difícil pensar en que realmente existan humanos... – dijo Wilbo sentándose a su lado - Creo que se extinguieron, hace tanto, tanto tiempo, que da miedo.
- ¿Por qué dices eso? – le preguntó ella mientras Beatriz se cruzaba de brazos.
- Porque le dije al robot que era un robot y me contestó: "Buenos días, ¿En que puedo atenderle?"
La chica lo miró extrañada. Le pareció que aquel chico estaba loco.
- Creo que no te entiendo... – le dijo unos segundos después.
- Lo se. – rió él tocándole levemente la punta de la nariz con el dedo índice de su mano derecha. La sonrió y ella se sorprendió a si misma devolviéndosela.
- Cuesta resistirse a su sonrisa, ¿cierto? – le susurró Beatriz al oído.
La chica se volvió hacia ella boquiabierta y miró de nuevo a Wilbo.
- ¿Cómo te llamas? – le preguntó él.
- Rose.
- Yo soy Beatriz, y él William.
Beatriz supuso que él la corregiría diciendo “Wilbo” pero este no lo hizo.
- ¿Te sientes ya mejor?
- Supongo. – dijo Rose encogiéndose de hombros, después echó un vistazo a su alrededor y acabó mirando hacia el cielo – Ah... El amor apesta.
- El amor – dijo Wilbo poniéndose en pie - es como una Rosa, puede pincharte y dañarte, pero aún así, es hermosa.
- ¿Hermosa? – preguntó Rose
- Sí, como tú. – le contestó él guiñándole un ojo.
Wilbo tomó entonces de la mano a Beatriz y añadió:
- Nos vamos.
- ¡Hasta lueguito! – se despidió Beatriz siendo arrastrada por Wilbo.
- Adiós. – le dijo Rose agitando una mano hacia ella.
- ¿Por qué nos vamos? – le susurró Beatriz a Wilbo.
- Porque ya no está triste.
- ¿Te alimentas de la tristeza o que? – se burló ella y él la sonrió.
- Si nos quedamos podría depender de nosotros para no entristecer de nuevo, debe lograrlo sola. Es algo que me enseñó una amiga hace tiempo.
- Aún pienso que eres un chico muy extraño. – admitió ella.
- Solo quiero ayudar a los que lo necesiten.
- Si, y esta muy bien eso, pero tus métodos son muy...
- Olvídalo, te invito a un helado.
Beatriz se dejó llevar por él sin volver a hablar del tema, y supo al instante que aquella maravillosa amistad que les unía no se marchitaría jamás.
- Buenas, William. – dijo ella sonriendo. Ya no tenia su larga trenza hasta la cintura, se lo había cortado a la altura de los hombros y Wilbo pensó que con lo largo que lo tenía antes, seria la primera vez que se pelaba en su vida.
- Hola. – se limitó a decir él apoyándose en el marco de la puerta.
- No sabia si te molestaría el que viniese a verte, pero ya que te mostraste tan comprensivo la última vez que nos vimos, pensé que...
- No, no me molesta. – aseguró él - ¿Quieres pasar?
- ¿Por qué no salimos? Hace un día estupendo.
- Valep. – aceptó él cerrando la puerta tras de si.
Paseando juntos, ella le contó que su padre había quedado segundo en una competición de lucha libre y que le habían ofrecido un trabajo de maestro durante el verano en un pueblo a 4 kilómetros de la ciudad. Como no deseaba hacer el viaje hasta allí todos los días, alquilaría una casa allí y ella se pasaría una temporada viviendo solo con su hermana.
Wilbo no tenia mucho que contar y se alegró de que Beatriz fuese tan habladora. Llegaron a una plaza no muy concurrida con una fuente situada en el centro de la misma. Se acercaron a ella y algunos destellos de luz sobre la superficie del agua hicieron apartar la mirada a Wilbo que de pronto fijó su atención en una chica sentada en un banco de piedra, esta tenia el cabello oscuro casi tanto como el suyo y lloraba desconsoladamente ocultando su rostro entre sus manos. Se aproximó hasta ella y le apartó las manos suavemente soltándolas sobre su regazo. La chica le miró tristemente a los ojos con los suyos llenos de lágrimas.
- Ey, dime... – le mostró su característica media sonrisa - ¿Por qué lloras?
Wilbo dedujo que debía tener su misma edad o como mucho un año menos. Beatriz se acercó y le ofreció un pañuelo. La chica lo cogió y tras secar sus lágrimas se lo regresó. Entonces se decidió a contestar a Wilbo:
- Mi novio me ha dejado. Ya es el cuarto chico que me planta este año y no he podido evitar deprimirme. No se puede confiar en los tíos, son todos iguales.
- No está bien generalizar, y si tanto te disgustan, puedes ser como ella. – dijo Wilbo señalando con su pulgar derecho a Beatriz junto a él.
- ¿Ella? – preguntó la chica sin comprenderlo.
Beatriz dirigió una mirada de momentáneo enfado a Wilbo que se giró hacia ella y le dedicó una media sonrisa. Miró entonces a la chica y le dijo:
- Soy lesbiana.
Era la primera vez que Beatriz usaba esa palabra para referirse a si misma y no le sonó mal, de hecho, hasta sintió que él haberlo dicho en voz alta no le resultaba desagradable. Aunque, por supuesto, no pensaba ir gritándolo a voces.
- Ah... – dijo la chica, miró a Wilbo y añadió – No me va eso.
- Pues entonces ya conocerás a un buen chico algún día.
- Solo desearía conocer a uno que fuese un ser humano.
- A veces es difícil pensar en que realmente existan humanos... – dijo Wilbo sentándose a su lado - Creo que se extinguieron, hace tanto, tanto tiempo, que da miedo.
- ¿Por qué dices eso? – le preguntó ella mientras Beatriz se cruzaba de brazos.
- Porque le dije al robot que era un robot y me contestó: "Buenos días, ¿En que puedo atenderle?"
La chica lo miró extrañada. Le pareció que aquel chico estaba loco.
- Creo que no te entiendo... – le dijo unos segundos después.
- Lo se. – rió él tocándole levemente la punta de la nariz con el dedo índice de su mano derecha. La sonrió y ella se sorprendió a si misma devolviéndosela.
- Cuesta resistirse a su sonrisa, ¿cierto? – le susurró Beatriz al oído.
La chica se volvió hacia ella boquiabierta y miró de nuevo a Wilbo.
- ¿Cómo te llamas? – le preguntó él.
- Rose.
- Yo soy Beatriz, y él William.
Beatriz supuso que él la corregiría diciendo “Wilbo” pero este no lo hizo.
- ¿Te sientes ya mejor?
- Supongo. – dijo Rose encogiéndose de hombros, después echó un vistazo a su alrededor y acabó mirando hacia el cielo – Ah... El amor apesta.
- El amor – dijo Wilbo poniéndose en pie - es como una Rosa, puede pincharte y dañarte, pero aún así, es hermosa.
- ¿Hermosa? – preguntó Rose
- Sí, como tú. – le contestó él guiñándole un ojo.
Wilbo tomó entonces de la mano a Beatriz y añadió:
- Nos vamos.
- ¡Hasta lueguito! – se despidió Beatriz siendo arrastrada por Wilbo.
- Adiós. – le dijo Rose agitando una mano hacia ella.
- ¿Por qué nos vamos? – le susurró Beatriz a Wilbo.
- Porque ya no está triste.
- ¿Te alimentas de la tristeza o que? – se burló ella y él la sonrió.
- Si nos quedamos podría depender de nosotros para no entristecer de nuevo, debe lograrlo sola. Es algo que me enseñó una amiga hace tiempo.
- Aún pienso que eres un chico muy extraño. – admitió ella.
- Solo quiero ayudar a los que lo necesiten.
- Si, y esta muy bien eso, pero tus métodos son muy...
- Olvídalo, te invito a un helado.
Beatriz se dejó llevar por él sin volver a hablar del tema, y supo al instante que aquella maravillosa amistad que les unía no se marchitaría jamás.
martes, 13 de diciembre de 2011
miércoles, 20 de julio de 2011
ENEMIGA FERNANDEZ

HOP! IMPERFECTAMENTE BELLA
(Una Aventura de Enemiga Fernandez)
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