Caminaba por una calle de la ciudad sintiéndome tan
solo una sombra, quizás ni eso, de lo que una vez fui.
Tu partida aún seguía presente a pesar de los meses
transcurridos y no conseguía apartarte de mi mente.
A mis oídos, llegó una melodía, al principio no la
identifiqué pero transcurridos varios segundos me di
cuenta de que era tu canción, aquella que tantas veces
me hiciste oír, solo la original, nunca una versión.
Mientras me dirigía hacia el lugar de donde provenía
la música, impulsado por un recuerdo auditivo de ti,
el tema acabó y uno nuevo empezó. Llegué por fin hasta
el músico, un hombre que rondaba los 60 años con un
dorado saxo en sus manos. Me detuve frente a él y le
observé mientras tocaba. Una mano se deslizó en uno de
los bolsillos de mi pantalón y extraje mi cartera.
De esta saqué un billete y se lo mostré. El hombre se
detuvo y le dije que se lo daba si tocaba de nuevo el
tema anterior. Asintió, cogió el billete, lo guardó en
el bolsillo de su chaqueta y llevando sus labios a la
boquilla del saxofón la volvió a tocar.
La música me envolvió tomándome en sus invisibles brazos
y sumergiéndome de nuevo en los recuerdos de mi pasado.
Cerré los ojos y me dejé llevar. Te vi a ti, junto a mi,
en el parque, en la piscina, en la casa del Holandés,
y en aquella vieja calle donde te vi por última vez.
Las lágrimas brotaron, no lo pude impedir, recorrieron
mis mejillas con paulatina velocidad.
De pronto, el silencio, abrí mis ojos sorprendido y
el músico preguntó si me encontraba bien. Susurré un
"Por favor" y, sin añadir más palabras, lo entendió
volviendo a retomar el tema por donde lo había dejado.
Sonreí agradecido, limpié mis lagrimas y sin esperar
a que acabase me marché.
Aún alejándome del músico, tu canción me acompañó,
la tome de la mano y la llevé a mi corazón.