
Hoy hace un año que Ringo dejó esta dimensión.
En esta ha quedado el recuerdo de sus infinitos alias:
Ringoleto, Ringoley, Viejiperro, Lobo, Lobuno, Lobón,
Bobo, Bobón, Ringosaki, Lobillo, Peter Coyote...;
de esas persecuciones alrededor de la mesa del patio
(él siempre era el perseguido nunca el perseguidor);
de su hambre voraz que jamás tuvo limites; de sus ojos,
uno marrón y el otro celeste; de esa lengua con mancha
como si hubiese mordido un boli Bic; de su falsa cojera
para dar pena (era todo un actor); de aquella noche
viendo una película cutre de terror en que se detuvo
delante del televisor y cagó, dejando claro lo que
opinaba sobre dicha película; de sus ladridos sin
fuerza alguna para intentar en vano ahuyentar a Oson;
de su antifaz natural de pelo negro; de ese ave bicefala
oculta en su rostro; de los innumerables porrazos contra
la puerta de cristal de la terraza de mi cuarto
creyéndola abierta; de su foto en google maps que no
se hasta cuando durará; de su cobardía innata, perdí
la cuenta de las veces que algún perro furioso fue
hacia él y este se escondía tras mis piernas; de ese
andar que parecía de borrachera tras la operación;
de su halitosis letal, que ya cantaba incluso antes
de que se volviese hiperletal con el tumor; de esa
nariz fría contra mi mejilla para despertarme, aunque
también usaba su pata a veces; de ese jadeo continuo
con que te hacia saber donde estaba aunque se escondiese
en los lugares mas inesperados; de sus canas rizadas;
de dormir en el suelo con él; sus aullidos de lobo al
llamar mi madre a mi hermano por el hueco de la escalera;
de aquel primer encuentro en que apenas tenia una semana
y trataba de escapar de la caja donde le tenían; ese rabo
inpeinable; de esas orejotas; esos combates contra
Ringosaki en la azotea donde siempre acababa venciendo
porque no se cansaba jamás; encontrarle durmiendo en mi
cama como si no le hubiese dicho mil veces que no se
subiese; tener que comer carbón dulce a mordisquitos solo
cuando no miraba para que no se acercase a pedir y me
dejase sin nada; de aquella vez que se tambaleó,
y rápidamente Oson se colocó a su lado evitando que se
cayese de costado y haciendo que volviese a recuperar
el equilibrio; de sus numerosas caídas por las escaleras
por bajar muy deprisa; de encontrarle acostado en algún
escalón de la escalera; de esos numerosos calcetines
desaparecidos porque él los había engullido; de mañanas,
tardes, noches y amaneceres juntos; hay tantos y tantos
recuerdos, como no seguir teniéndole tan presente...
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